La obra de She Gone Roge es de una
construcción por demás interesante. Los recursos estéticos y culturales que
nutren a la obra son lo más popular y kitsch de la sociedad LGBTTI, uno no
puede mirar la obra sin identificar y remitirse a la misma, más allá del
título, la estética desde la primera escena, confirma el contenido total.
Por otro lado, lo interesante se halla en la intención de recrear una
vida de conciencia personal, muy particular. Los recursos que utiliza para
contar esta subjetividad, los objetos de recuerdo, detonadores de emociones,
etc. aparentan ser un lenguaje críptico, al menos en la medida que sólo el
personaje logra dotar de sentido y desentrañar todo lo que en él se contiene,
mientras que uno como espectador capta de una manera indirecta y general.
Ese misterio, más que ser perjudicial para la comunicación de la pieza
se vuelve su centro, los procesos internos de una persona transgénero y en
general de cualquiera, son incomunicables; podemos sentir empatía ante la
situación del otro, pero esta es más bien limitada, no alcanza la totalidad de
la vivencia.
Al mismo tiempo eso inaccesible nos atrae, nos mantiene en constante
intento de llegar más allá, acercarnos al otro, reconocerlo en nuestra
experiencia y a nosotros en lo de él. La relación del espectador con la obra es
entonces una de tipo casi humana, contiene ese efecto cinematográfico de
superposición de la ficción en la realidad, donde ya no empatizas con la pieza
o el artista sino directamente con el personaje y es desde ahí que se emite el
juicio hacia la obra.
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