Universidad del Claustro de Sor Juana
Taller de Crítica
Guillermo Mederos Figueroa
Del viento y la piedra: Juego estéril, respirar en la industria.
Entramos a un cuarto con planta rectangular, oscuro y con piso de cristal que nos elevaba por las ruinas del convento de San Jerónimo, las sombras en las ruinas eran proyectadas por una luz tenue, blanca con toques azules, la profundidad de la atmósfera se aumentaba por la ilusión de no tocar el piso, los metales que sostenían el piso y el techo estaba helado con estructuras metálicas diseñadas para colgar cosas. El sonido de una respiración, un sutil ruido de fondo, inquietante, como un amarillo que molesta pero no lo suficiente para quitar la mirada, acompañaba a los sonidos de unos pulmones agitados en ocasiones y pensativos por momentos. Una estructura metálica, con tubos que parecen venas, un sistema circulatorio de sonido, suspendido entre las ruinas y el techo, vibrando solo si ponemos atención, bañado con tenues luces blancas y azules que nos podrían recordar a un callejón al costado de una fábrica. La primer cámara, la del viento, se nos muestra como una respiración artificial, como una máquina tomando vida, como un objeto subjetivandose, no en la carne; en el metal, en este duro contenido, frío y rígido, opuesto a la calidez y flexibilidad de lo orgánico. ¿Que nos recuerda?
Podría ser nuestra edad industrial, que con la combustión interminable produce los fríos de la soledad, podría ser nuestro ser aprisionado en la máquina, o por el contrario, podría ser una mejora -a mi parecer ilusoria- de nuestro cuerpo complementado con la solidez e infranqueabilidad de la máquina, que se supone como un ente eterno, que escapa a las fuerzas naturales. Creo que para contestar estas preguntas deberíamos remontarnos a la obra. La respiración no es armoniosa, refleja un estado de ansiedad que fluctúa con un estado mínimo de la respiración, ambas cuestiones relacionadas con estados displacenteros, la maquinaria de tubos no se muestra con la rigidez total del metal, como que encierra a algo vivo… algo que respira por estas tuberías. ¿Este algo no seremos nosotros? y aquí llegamos a un punto en donde se mezclarían ambas teorías, un sujeto que necesita a la máquina para poder vivir, es decir, que vive gracias a la técnica, pero a la vez lo oprime. En mi opinión este autor logra sintetizar las relaciones sujeto-objeto y su dialéctica dentro de una atmósfera industrial donde se confunden y funden, engañandose entre formas y contenidos, su invitación a desentrañar este misterio se encuentra implícita, el cuestionamiento es implícito mientras que la obra se nos muestra como un respirador luminoso y vibrante.
Por el contrario, en la obra contigua, logro ser yo el que complete la obra… es demasiado abierta, su sistema no me conduce más que a pensar entre rocas y sombras, en objetos inútiles y pretenciosos. Es tan abierto el sistema que podría ser tomado como basura o como una crítica a un sistema abierto o a uno cerrado, tanta ambigüedad hace que el espectador necesariamente concrete la obra. Pero podría causar la misma reflexión una pluma tirada en un piso de cristal, totalmente al azar, pero aquí nos encontramos con la diferencia que esta en una zona de “Exposición”. Se nos obliga, de forma implícita, a encontrar algo en esos objetos tirados, pero el arte nunca es obligación, y un arte que solo refleja forzando, para empezar, no comunica, para terminar, no genera más que una infinidad de reflexiones y si se abre a todo, no refleja nada. Y aunque en la exposición se nos muestra como la permanencia del objeto como una piedra, un molde de una pelota Nike de baloncesto junto con otros objetos del mismo estilo, pienso que refleja más un juego sin posibilidad de diversión, que la permanencia del objeto. En lo personal, me divirtió poco menos que cuando tomo una linterna y juego con las sombras.
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