La experiencia que nos presenta Koizumi
nos aparece como revelación en el tiempo, el primer sentimiento es el de la
incertidumbre y cierta distancia que se traduce en una barrera sentimental con
el personaje y la situación que nos presenta, somos proyectados frente a este
hombre y su teléfono sin ninguna razón aparente, el ambiente es envolvente, la
expectativa sobre algo que debe acontecer nos hace desviar la mirada cuando
notamos que la conversación se torna repetitiva y predecible; la llegada de un
silencio viene a alterar toda la situación, la transición de la voz al texto
dotan al contenido de cierta solemnidad, se posiciona de inmediato como el
centro de atención aún cuando el fondo gana dinamismo al respecto de monótona
calle de la escena anterior. A través de este juego de opuestos entre la
intimidad del relato y la masividad y lo público de las imágenes logra evocar
en nosotros no sólo esos sentimientos de amor por la madre o los recuerdos sino
una serie de relaciones complejas con cada elemento de la ciudad como aquel
mundo al cual no podemos sobrevivir sin ese anclaje personal, familar.
La última parte del video es una
revelación, vuelve la escena inicial y sin embargo todo ha cambiado, aún si
faltara el audio del otro lado de la llamada no sería la misma experiencia,
entendemos que no se trata de una mentira autoimpuesta o de una necedad por el
duelo, por el recuerdo hacia esa madre que ha perdido sino un auténtico
sentimiento de hacer presente a su madre a través de este sincretismo
contemporáneo japonés en que convergen ese viejo sentimiento religioso,
espiritista y la modernización del territorio y de la vida cotidiana con la
llegada violenta de la tecnología, el teléfono no es esta herramienta digital
de comunicación entre dos puntos, sino un mediador entre dos seres que forman
parte de este todo que es el mundo, viene a llenar o remplazar los huecos o
heridas que quedaron de una relación que no existe más en la realidad tangible
y que con el mismo dolor permanece inmutable en el recuerdo.
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