lunes, 6 de febrero de 2017

Crítica o reseña de la obra “My voice would reach you” de Meiro Koizumi

La experiencia que nos presenta Koizumi nos aparece como revelación en el tiempo, el primer sentimiento es el de la incertidumbre y cierta distancia que se traduce en una barrera sentimental con el personaje y la situación que nos presenta, somos proyectados frente a este hombre y su teléfono sin ninguna razón aparente, el ambiente es envolvente, la expectativa sobre algo que debe acontecer nos hace desviar la mirada cuando notamos que la conversación se torna repetitiva y predecible; la llegada de un silencio viene a alterar toda la situación, la transición de la voz al texto dotan al contenido de cierta solemnidad, se posiciona de inmediato como el centro de atención aún cuando el fondo gana dinamismo al respecto de monótona calle de la escena anterior. A través de este juego de opuestos entre la intimidad del relato y la masividad y lo público de las imágenes logra evocar en nosotros no sólo esos sentimientos de amor por la madre o los recuerdos sino una serie de relaciones complejas con cada elemento de la ciudad como aquel mundo al cual no podemos sobrevivir sin ese anclaje personal, familar.


La última parte del video es una revelación, vuelve la escena inicial y sin embargo todo ha cambiado, aún si faltara el audio del otro lado de la llamada no sería la misma experiencia, entendemos que no se trata de una mentira autoimpuesta o de una necedad por el duelo, por el recuerdo hacia esa madre que ha perdido sino un auténtico sentimiento de hacer presente a su madre a través de este sincretismo contemporáneo japonés en que convergen ese viejo sentimiento religioso, espiritista y la modernización del territorio y de la vida cotidiana con la llegada violenta de la tecnología, el teléfono no es esta herramienta digital de comunicación entre dos puntos, sino un mediador entre dos seres que forman parte de este todo que es el mundo, viene a llenar o remplazar los huecos o heridas que quedaron de una relación que no existe más en la realidad tangible y que con el mismo dolor permanece inmutable en el recuerdo. 

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