Cuando hablamos de tradición traemos a la conciencia un
campo muy vasto de imágenes, desde cosas particulares como comportamientos
heredados de la familia hasta cuestiones que trascienden el tiempo, como
tradiciones de representación; cercanas a estas últimas en cuanto a amplitud
podemos encontrar una “tradición de los problemas”, pienso en estas formas y
actitudes recursivas a las que volvemos para enfrentar un determinado problema,
ya sea para evadirlo, solucionarlo o incluso para enunciarlo.
Esta actitud de repetición es parte sustancial de nuestra
vida, implica siempre un ejercicio de memoria de la mano de comprobaciones
fácticas, en cuanto algo parece dar resultado nos atenemos a ello, nos lo
apropiamos y depositamos cierta confianza que se traduce en volver en cuanto se
presente una situación similar a aquella que lo detonó por primera vez, sin
embargo, desde los tratados de mnemotecnia de la antigüedad que veían en la
memoria un valor retórico muy importante, hasta trabajos más cercanos a
nosotros como el Teatro Filosófico de Foucault o Repetición y diferencia de
Gilles Deleuze, podemos encontrar en este uso práctico de la memoria una
reducción muy importante, nos limitamos a nosotros mismos privándonos de una
creatividad frente a los problemas.
Esta especie de conformismo se vuelve importante cuando nos
evita encontrar soluciones a nuestros problemas, una repetición sin diferencia
nos lleva a ontologizar los problemas, naturalizando posibles respuestas aun
cuando éstas no resuelvan nada. Este es el tipo de comportamiento que se nos
hace evidente frente al trabajo fotográfico de Burtynsky.
Una propuesta artística, cualquiera, pero sobre todo una que
tiene por objeto el caos ecológico es difícil mantenerlo como puramente
objetivo y neutral, siempre parece existir una toma de posición que comienza
desde la decisión de manifestarse sobre el tema elegido. En este caso, la
primera es una postura que podríamos llamar ética, es decir, condenar las
condiciones de producción y manejo de los recursos que nos han llevado a esta
crisis ecológica; la segunda es un poco más dinámica, el tratamiento del tema
que en ocasiones se acompaña con una propuesta para solucionar el problema. En Manufactured Landscapes ocurre algo
curioso, un desliz en la intencionalidad de la obra artística, como un error
que se ha escapado a los involucrados y es que parece haber una diferencia
radical entre las posturas tanto del artista con sus fotografías como de la
película.
La producción y el tratamiento de los desechos humanos y su
consecuencia ecológica son un tema de gran preocupación desde el siglo pasado y
se ha articulado alrededor de éste problema una clara tradición para
enfrentarlo, el ya conocido discurso ambientalista que busca generar conciencia
sobre nuestras costumbres, alterar nuestras prácticas y se puede ver una
pretensión utópica en su fin último de dejar de producir tales desechos. Burtynsky
reconoce la imposibilidad de este ideal y busca, con la fuerza de su mensaje
estético, subvertir la mirada de los espectadores, poner en duda aquello que
saben o creen saber sobre el problema que acontece y buscar nuevas soluciones.
Cuando el artista enuncia al inicio de la película que su
pretensión no es la de un discurso ecológico sino el de mostrar estéticamente
una realidad objetiva parece mantenerse inactivo ante el problema, sin embargo
al analizar su trabajo y los procesos de producción que son todo menos
objetivos, podemos decir que su verdadero objetivo es deslindarse de esta
tradición ambientalista y la primera diferencia radical que introduce con su
obra es que los desechos son connaturales a la actividad humana, la idea de
progreso está construida sobre una historia invisible de consecuencias, la
solución no es buscar deshacernos de los desechos, valga la redundancia sino
aproximarnos a ellos y encontrar maneras distintas de entenderlos y tratarlos.
Por otro lado, la película se separa de este nuevo discurso,
no se apropia de la diferencia que busca introducir el artista y en su lugar
vuelve al discurso ambientalista, si bien no lo hace tan explícito en los
diálogos, las secuencias de imágenes y la música no sólo dramática sino
altamente nostálgica nos llevan a un estado de decisiones extremas, donde la
única solución posible parece ser suspender la producción de desechos.
Este enfrentamiento de posturas, más allá de un malentendido
debemos verlo como una motivación, una razón para profundizar directamente en
la obra del artista y dejarnos penetrar por esta propuesta distinta. La
tradición ha consolidado y validado un discurso que en más de 60 años no ha
dado resultados, se ha vuelto, como menciona el filósofo Zizek, una “petición
infinita”, un camino que no conduce a nada, la evidencia la tenemos frente a
nosotros, no sólo en nuestro día a día en donde podemos observar como la crisis
aumenta sino también en la larga producción de manifiestos al respecto, todos
con las mismas consignas y los resultados invisibles.
Resulta sumamente interesante seguir el pensamiento de
Burtynsky, sondear el problema mismo y dudar de su naturaleza, de esa manera de
entenderlo que nosotros mismo hemos construido, esto se vuelve un ejercicio
enteramente reflexivo en tanto volver sobre nuestro propios pasos para observar
qué y cómo hemos hecho algo, así como volteamos hacia nuestra propia razón para
entender nuestras acciones debemos voltear hacia nuestra construcción de los
problemas para dirigir nuestros esfuerzos hacia soluciones.
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