¿De qué hablamos cuando hablamos
de Historia? Comencemos por aquello que la teoría histórica desde el siglo XIX
hasta Paul Ricoeur ha ido desarrollando, una diferencia sino tajante si muy
clara entre dos tipos de memoria,
siendo la histórica la que se desliga de una personalidad afectiva e intenta
siempre mantenerse en el campo de la objetividad (una pretensión con sus
propias limitantes muy estudiadas); otro tipo de memoria sería lo opuesto a
esto, en donde lo más importante no son
los hechos como verdades fácticas sino
las consecuencias que tienen estos anímica luego culturalmente al interior de una comunidad. Es
importante resaltar que ambos tipos de memoria son actividades siempre en
presente, importan los hechos como objeto de estudio y conocimiento de un
presente, así como la aprehensión anímica y cultural no como proyecciones a
futuro sino como actividades actuales.
El trabajo de Reel Unreel se concentra
en este segundo tipo de memoria, nos muestra una comunidad que vive su día a
día sin pensar reflexivamente sobre los hechos que los han llevado a ser lo que
son, sino que lidian con las consecuencias y las expresan de forma positiva o
negativa sobre distintos productos culturales, siendo el cine el que interesa.
La producción cinematográfica,
siguiendo la perspectiva de Francis Alys, es un ejercicio donde la mirada cobra
un valor trascendental, no se entiende como una mera captación sensorial del
mundo sino como una construcción de este mundo a través de significados.
Distintos estudios de la fotografía desde Susan Sontag y Roland Barthes han
evidenciado la intencionalidad de la lente, una observación que se extiende
fácilmente al cine, donde la cámara no es un ojo neutral sino uno que
selecciona las cosas del mundo que quiere presentar y la manera exacta en que
quiere hacerlo, en este sentido el cine toma cosas del mundo y las compone
sobre un lapso temporal en el cual cobran un significado distinto, aquel que el
creador quiera darle.
Las producciones fuera de los grandes mercados cinematográficos, en
especial fuera de Hollywood, son un caso particular, pues al mantenerse al
margen de estas dinámicas de compra-venta su producción y contenidos ganan una
cualidad que podríamos llamar “popular”,
pues nos presentan de una forma casi contestataria una forma particular de captación y significación del mundo en
oposición a la homogeneización de los grandes mercados. El cine afgano como lo
entiende Alys es sin duda una manera que tiene la comunidad de apropiarse y
significar su mundo.
Este juego de niños, el enrollar
desenrollar se nos presenta como una metáfora que señala a muchas cosas, un
recorrido por ese espacio en el que se convive como comunidad, la manera en que
recogemos y revisamos esos hechos que no podemos controlar mientras ocurren, es
un reflejo de la guerra o mejor dicho de cómo se ha vivido.
Cuando esas voces son calladas y
la memoria alterada, la pérdida simbólica deja un déficit en la comunidad, es
un tipo de violencia política que penetra en lo más profundo pues nos deja
desprovistos de recursos para entender nuestra situación y a nosotros mismo, no
porque seamos incapaces de crear de nuevo, sino porque se abre un vacío
temporal, una desconexión entre nuestras nuevas y viejas formas de aprehender.
La crítica de Alys tiende hacia
esta conclusión, encontrando su núcleo y sustento en la quema de películas por
parte del Taliban y el esfuerzo de los afganos por salvaguardar sus originales.
El atentado parece muy transparente, no necesita una explicación pero quizá su
contrario sí, pues no es por una carga aurática en el sentido benjaminiano que
la protección de estos negativos es una preocupación de primera necesidad, sino
por su opuesto, la reproducción, es la difusión, la circulación constante de
estos productos y su vinculación con los más posibles aspectos de la vida de
los consumidores lo que los dota de fuerza.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.