lunes, 6 de febrero de 2017

Memoria y representación Crítica de Reel Unreel de Francis Alys Por Luis Angel Jiménez Barrios

¿De qué hablamos cuando hablamos de Historia? Comencemos por aquello que la teoría histórica desde el siglo XIX hasta Paul Ricoeur ha ido desarrollando, una diferencia sino tajante si muy clara entre dos tipos de memoria, siendo la histórica la que se desliga de una personalidad afectiva e intenta siempre mantenerse en el campo de la objetividad (una pretensión con sus propias limitantes muy estudiadas); otro tipo de memoria sería lo opuesto a esto, en donde lo más importante no son los hechos como verdades fácticas sino las consecuencias que tienen estos anímica luego culturalmente al interior de una comunidad. Es importante resaltar que ambos tipos de memoria son actividades siempre en presente, importan los hechos como objeto de estudio y conocimiento de un presente, así como la aprehensión anímica y cultural no como proyecciones a futuro sino como actividades actuales.
El trabajo de Reel Unreel se concentra en este segundo tipo de memoria, nos muestra una comunidad que vive su día a día sin pensar reflexivamente sobre los hechos que los han llevado a ser lo que son, sino que lidian con las consecuencias y las expresan de forma positiva o negativa sobre distintos productos culturales, siendo el cine el que interesa.
La producción cinematográfica, siguiendo la perspectiva de Francis Alys, es un ejercicio donde la mirada cobra un valor trascendental, no se entiende como una mera captación sensorial del mundo sino como una construcción de este mundo a través de significados. Distintos estudios de la fotografía desde Susan Sontag y Roland Barthes han evidenciado la intencionalidad de la lente, una observación que se extiende fácilmente al cine, donde la cámara no es un ojo neutral sino uno que selecciona las cosas del mundo que quiere presentar y la manera exacta en que quiere hacerlo, en este sentido el cine toma cosas del mundo y las compone sobre un lapso temporal en el cual cobran un significado distinto, aquel que el creador quiera darle.
Las producciones fuera de los grandes mercados cinematográficos, en especial fuera de Hollywood, son un caso particular, pues al mantenerse al margen de estas dinámicas de compra-venta su producción y contenidos ganan una cualidad que podríamos llamar “popular”, pues nos presentan de una forma casi contestataria una forma particular de captación y significación del mundo en oposición a la homogeneización de los grandes mercados. El cine afgano como lo entiende Alys es sin duda una manera que tiene la comunidad de apropiarse y significar su mundo.

Este juego de niños, el enrollar desenrollar se nos presenta como una metáfora que señala a muchas cosas, un recorrido por ese espacio en el que se convive como comunidad, la manera en que recogemos y revisamos esos hechos que no podemos controlar mientras ocurren, es un reflejo de la guerra o mejor dicho de cómo se ha vivido.

Cuando esas voces son calladas y la memoria alterada, la pérdida simbólica deja un déficit en la comunidad, es un tipo de violencia política que penetra en lo más profundo pues nos deja desprovistos de recursos para entender nuestra situación y a nosotros mismo, no porque seamos incapaces de crear de nuevo, sino porque se abre un vacío temporal, una desconexión entre nuestras nuevas y viejas formas de aprehender.


La crítica de Alys tiende hacia esta conclusión, encontrando su núcleo y sustento en la quema de películas por parte del Taliban y el esfuerzo de los afganos por salvaguardar sus originales. El atentado parece muy transparente, no necesita una explicación pero quizá su contrario sí, pues no es por una carga aurática en el sentido benjaminiano que la protección de estos negativos es una preocupación de primera necesidad, sino por su opuesto, la reproducción, es la difusión, la circulación constante de estos productos y su vinculación con los más posibles aspectos de la vida de los consumidores lo que los dota de fuerza.

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